Jasmin des Anges
Colección Privada · Dior · Nº 00
Antes de empezar: este espacio nació de mi lado más vulnerable. No soy una profesional de la perfumería, me gusta llamarme estudiante autodidacta, con todo lo que eso implica. Aquí solo hay experiencias honestas, y ojalá nunca haya juicios.
Hay olores que no gritan, pero tampoco se van.
Se instalan en algún rincón de la memoria y esperan. Eso es lo extraordinario de los perfumes: no son solo fragancias, son coordenadas en el tiempo. Si la teletransportación existiera, estoy convencida de que sería el olfato. No la vista, ni el oído, el sentido que nos llevaría de regreso a donde necesitamos estar para mi es el olfato.
Cuando empecé en la perfumería, el jazmín y yo no nos llevábamos bien. Algo en esa materia prima me resultaba excesivo, casi invasivo, demasiada presencia, demasiado todo. Los meses pasaron y yo seguía evitando cualquier fragancia que lo llevara. Corría de él.
Pero la vida, a veces, te pone justo donde necesitas estar aunque tú no lo hayas pedido.
Hubo un período en el que me apagué. Por fuera era funcional. Por dentro no sabía cómo hacer para no querer solo dormir
.
Lo cuento sin dramatismo, porque así es como lo viví: tengo un diagnóstico de personalidad depresiva. Hay etapas oscuras, sin salida aparente, en las que no sé cómo volver a la superficie. No lo digo para generar lástima, es algo con lo que he aprendido a caminar, a veces torpemente, pero a caminar al fin. Mi filosofía personal puede sonar simple, casi ridícula: una lloradita y a seguir. Pero me ha salvado más de una vez.
En uno de esos períodos difíciles, encontré mi ritual más pequeño y más poderoso: salir a caminar sola. Audífonos, gorro, y salir a caminar sin rumbo. Esos paseos me devolvían la respiración cuando todo adentro se sentía atorado.
Y en esa ruta había jazmines. Florecían justo en esa época, finales de abril, principios de mayo, y cada salida se convertía, sin que yo lo planeara, en una cita con esas flores diminutas y absurdamente generosas en aroma. Empecé a inclinarme hacia ellas. Primero por costumbre, luego por necesidad. El olor que antes me abrumaba se convirtió en señal de que seguía aquí.
Así fue como aprendí a amar el jazmín. No en una tienda de perfumería, no en un tutorial. En una calle, en la oscuridad de mi alma, buscando aire.
Y cuando llegué a Jasmin des Anges, de la Colección Privada de Dior, algo hizo clic. Es un paseo reconfortante para curar los males de la cabeza. Brisa tibia, tarde de otoño, ganas de querer ver la vida con optimismo. No es una fragancia que grita, es una que abraza, que me dice todavía estás aquí y eso importa.
Cada vez que lo huelo, huelo esperanza. Y eso, para mí, no tiene precio de mercado. Mi presente sigue atado a momentos de desconexión y abrumamiento, no les voy a mentir, pero también está atado a esto: a la certeza de que uno siempre vuelve a ver el sol brillar.
Es por eso que Jasmin des Anges tendrá siempre un lugar en mi colección. No porque sea el perfume más complejo, ni el más aclamado. Sino porque me recuerda que florecí cuando más difícil era florecer.
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